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COLABORA AMB CÀRITAS DIOCESANA

25/01/2012

La urbanidad no tiene precio.


 

Sin ánimo de teorizar ni sermonear a nadie me gustaría profundizar, con el permiso de los lectores, en esos aspectos que convierten al ser humano en una persona civilizada y sociable con capacidad para abstraerse y situarse en el pellejo de los demás, en contraposición a todo un género de egoístas, descuidados e insolidarios, ajeno al bien común y representante del más puro incivismo.  
Vivir más seguros, más cómodos, más felices depende de factores externos a nosotros como, por ejemplo, que el diseño de las calzadas, calles y plazas sea coherente y se eliminen las barreras arquitectónicas;  que los Cuerpos de Seguridad hagan bien su trabajo o que el Ayuntamiento gaste y priorice correctamente sus partidas, pero también depende de factores internos relacionados con nuestro propio comportamiento, por aquello de… predicar con el ejemplo y mojarse cuando hace falta. 
La seguridad en el espacio privado del domicilio está protegida por la ley y ese es un derecho que todo el mundo reconoce y protege con uñas y dientes sin necesidad de que fuerzas ajenas actúen, pero  el otro espacio, el considerado como público, que afecta a la de la ciudad de Badalona, cuya seguridad también está garantizada legalmente, no goza ni mucho menos de la  defensa ciudadana que debiera. 
Así, en los últimos años se ha producido un gran retroceso por cuanto los ciudadanos, usuarios de la vía pública, hemos dejado en manos de la policía todo lo referente a la seguridad, como si no tuviéramos ninguna responsabilidad o fuera suficiente con la que pagamos religiosamente, y ante esa falta de compromiso, no es extraño que nuestros abuelos y nuestros padres nos recuerden incesantemente los tiempos en que se enseñaban buenos modales, civismo y urbanidad. 
Que le estén dando una paliza a un vecino; que hurten o roben a una anciana o a un menor; que alguien vocifere o agreda a su pareja; que oigamos un fuerte golpe en la persiana del bar de abajo o en la puerta del piso de al lado, son motivos, cuanto menos, para que cojamos el móvil, avisemos al 112, 088, 092 y si es posible permanezcamos hasta la llegada de las autoridades. Y de hecho, son muchos los ciudadanos y ciudadanas que colaboran, pero sigue sin ser la norma habitual. 
Incluso el gesto más simple de mostrar la papelera al que arroja a la acera un paquete de tabaco, chicle o lata de cerveza; recordar la obligación de recoger las heces del perro al que “se olvida” de hacerlo;  indicar al grafitero que las pareces no son para ensuciarlas o al que se hace un porro en un parque público que no es el lugar para fumárselo, depende de nosotros mismos y de nuestra capacidad para reivindicar y proteger el espacio público como el de todos. 
De ahí que la cuestión pase por recuperar el respeto hacia la ciudad que tanto nos cuesta mantener y el derecho a disfrutarla con tranquilidad, ejerciendo el más elemental de nuestros deberes para que ningún particular ni colectivo se adueñe de ella impunemente. 
Y si es una obligación ciudadana socorrer al que está sufriendo un percance, y también lo es denunciar un acto incívico, una falta o un delito, no es menos cierto que, si bien la policía trabaja por un sueldo, la urbanidad no tiene precio.